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Los cinco errores más comunes que aumentan la siniestralidad en una PyME

Los cinco errores más comunes que aumentan la siniestralidad en una PyME

Muchas situaciones de riesgo nacen de hábitos cotidianos que se normalizan. Identificarlos permite prevenir accidentes antes de que ocurran.

En una PyME, la seguridad laboral compite todos los días con otras urgencias: cumplir plazos, sostener la producción, resolver imprevistos, atender clientes y administrar recursos limitados.

En ese contexto, algunas medidas preventivas pueden postergarse. No necesariamente porque exista desinterés por la seguridad, sino porque ciertos riesgos empiezan a formar parte de la rutina y dejan de percibirse como tales.

Ahí aparece uno de los principales problemas. Una instalación que “siempre funcionó así”, una tarea realizada durante años sin incidentes o una reparación que puede esperar unos días más pueden convertirse en factores de riesgo.

La siniestralidad laboral no depende únicamente de grandes fallas. Muchas veces crece a partir de pequeños errores de gestión que se repiten y acumulan.

Estos son cinco de los errores más frecuentes.

1. Actuar solamente después de un accidente

Esperar a que ocurra un incidente para revisar las condiciones de trabajo es uno de los errores más costosos en términos preventivos.

Antes de un accidente suelen existir señales: desperfectos que se repiten, procedimientos que no se cumplen, pequeños incidentes, zonas problemáticas o tareas que obligan a improvisar.

El problema aparece cuando esas advertencias se naturalizan.

Una gestión preventiva necesita mecanismos para detectarlas antes. Una herramienta útil para ordenar ese diagnóstico es el Relevamiento General de Riesgos Laborales, que permite evaluar las condiciones de seguridad e higiene de un establecimiento e identificar aspectos que requieren intervención.

Además, conviene incorporar prácticas sencillas y sostenidas:

• realizar recorridas periódicas por los espacios de trabajo;
• registrar condiciones inseguras;
• analizar incidentes, aunque no produzcan lesiones;
• revisar los procedimientos cuando cambia una tarea;
• asignar responsables y fechas para cada corrección.

No se trata de esperar una evidencia grave para intervenir. Cuanto antes se identifica un riesgo, mayor es el margen para corregirlo.

2. Postergar el mantenimiento porque “todavía funciona”

Una máquina que vibra más de lo habitual. Un cable deteriorado. Una herramienta con una protección dañada. Una instalación eléctrica sobrecargada.

Mientras continúan funcionando, es fácil relegar su reparación frente a necesidades que parecen más urgentes.

Ese criterio puede aumentar la exposición al riesgo.

El mantenimiento preventivo permite intervenir antes de que el deterioro termine en una falla, un accidente o una interrupción de la actividad. En seguridad eléctrica, por ejemplo, resulta fundamental controlar periódicamente cables y conexiones, evitar sobrecargas, utilizar equipos adecuados y realizar el mantenimiento con personal calificado. Podés ampliar estas recomendaciones en la guía de Serena sobre seguridad eléctrica en el entorno laboral.

Una buena práctica es establecer un sistema sencillo que permita registrar:

• qué equipos requieren inspección;
• con qué frecuencia deben revisarse;
• qué anomalías se detectaron;
• qué reparaciones están pendientes;
• quién es responsable de resolverlas.

Lo importante es evitar que el mantenimiento dependa exclusivamente de que algo deje de funcionar.

3. Confiar demasiado en la experiencia

“Siempre lo hicimos así” puede ser una señal de alerta.

La experiencia resulta valiosa, pero también puede generar exceso de confianza. Cuando una tarea se repite durante años, algunos controles empiezan a parecer innecesarios y ciertos atajos se incorporan a la rutina.

Hasta que algo cambia.

Puede modificarse una máquina, incorporarse un nuevo material, variar el ritmo de producción o simplemente aparecer una situación imprevista.

Por eso, la capacitación no debería limitarse al ingreso de nuevos colaboradores. También resulta necesaria cuando cambian procedimientos, equipos o condiciones de trabajo. La SRT incluye entre los derechos de los trabajadores conocer los riesgos asociados con su tarea y recibir información y capacitación para prevenir accidentes y enfermedades profesionales.

Además, capacitar no significa solamente transmitir información. Las recomendaciones tienen que relacionarse con situaciones concretas que las personas enfrentan durante su jornada.

Una consigna genérica se olvida rápido. Una práctica que explica qué riesgo existe, cómo reconocerlo y qué hacer frente a él tiene muchas más posibilidades de incorporarse al trabajo cotidiano.

4. No prestar atención a las pequeñas señales

No todos los incidentes terminan en un accidente.

Una caída sin consecuencias, una herramienta que se desprende sin golpear a nadie o una maniobra que estuvo cerca de provocar una lesión pueden quedar rápidamente en el olvido.

Sin embargo, esos episodios aportan información.

Si una situación estuvo cerca de provocar un daño, conviene preguntarse qué ocurrió y qué podría evitar que vuelva a suceder.

Para eso es necesario que las personas puedan informar problemas con facilidad. Los colaboradores que realizan diariamente una tarea suelen conocer riesgos que no siempre aparecen en un procedimiento escrito. Comunicar situaciones peligrosas también forma parte de las obligaciones contempladas por la SRT para quienes trabajan en un establecimiento.

Escuchar esas observaciones permite detectar:

• dificultades para cumplir determinadas instrucciones;
• zonas donde se producen situaciones repetitivas;
• herramientas inadecuadas;
• elementos de protección poco prácticos;
• tareas que requieren movimientos o esfuerzos innecesarios;
• cambios en la operación que todavía no fueron evaluados.

Pero existe una condición: esos reportes tienen que generar una respuesta.

Cuando las personas comunican un riesgo y nada cambia, con el tiempo dejan de hacerlo.

5. Pensar que la seguridad es responsabilidad de una sola persona

Tener un responsable de Seguridad e Higiene no convierte automáticamente a una empresa en un entorno seguro.

La prevención depende de muchas decisiones cotidianas que ocurren fuera de esa área.

Un supervisor que prioriza terminar una tarea a cualquier costo, un equipo que normaliza un procedimiento inseguro o una reparación que se posterga indefinidamente pueden debilitar cualquier política preventiva.

Por eso, cada nivel de la organización tiene un papel:

• la dirección define prioridades y asigna recursos;
• los responsables de equipos organizan el trabajo y detectan desvíos;
• los colaboradores aplican los procedimientos y comunican riesgos;
• mantenimiento garantiza condiciones adecuadas de instalaciones y equipos;
• las áreas especializadas asesoran, capacitan y acompañan la gestión preventiva.

Cuando la seguridad depende exclusivamente de una persona, funciona como una tarea paralela.

Cuando forma parte de las decisiones diarias, empieza a convertirse en cultura.

Prevenir antes de que la urgencia decida por la empresa

En una PyME no siempre es posible resolver todos los problemas al mismo tiempo. Por eso, una buena gestión preventiva también consiste en identificar prioridades y actuar sobre los riesgos más importantes antes de que se transformen en accidentes.

La propia SRT cuenta con un programa específico para PyMEs con siniestralidad elevada, cuyo objetivo es establecer acciones de prevención para reducir los accidentes y mejorar las condiciones de salud y seguridad laboral.

Muchas mejoras, sin embargo, empiezan con decisiones cotidianas.

Revisar una instalación. Corregir una práctica insegura. Escuchar una advertencia. Capacitar frente a un cambio. Registrar un incidente que casi produjo una lesión.

Son acciones pequeñas, pero acumulativas.

Para una PyME, incorporar esa mirada preventiva no significa sumar burocracia. Significa conocer mejor sus riesgos, proteger a su equipo y reducir la posibilidad de que una situación evitable termine condicionando la operación.

Porque cuando se trata de seguridad laboral, anticiparse siempre ofrece más alternativas que reaccionar.